UN FINAL MÁS
El apartamento era pequeño. La puerta que daba a la calle estaba frente a la ventana en la que Claudia apoyaba su cabeza.
Afuera, un portazo al cerrarse un coche negro. Un ruido de motor al encenderse y salir calle abajo. Después, nada.
La pestaña superior de su ojo derecho barría las minúsculas motas de polvo al parpadear.
En el centro de la habitación había una mesa baja, de madera barnizada. Encima de la mesa, un cenicero saturado de colillas. Cerca de la puerta, un jarrón hecho añicos se desparramaba por el suelo. Los claveles blancos estaban aplastados y dispersos. Unas insignificantes gotas, como lágrimas contenidas pero inevitables, circulaban de la boca partida del jarrón al suelo, en un trayecto desesperado.
Claudia había recorrido con la mirada la puerta del coche al cerrarse, echar marcha atrás y desaparecer calle abajo. Después, el hueco en la acera estaba tan intacto como si nunca se hubiera estacionado un coche negro. Ese vacío era más auténtico.
Movió ligeramente la cabeza hacia el interior. Todavía observaba, sin expresión en el rostro, el hueco de la plaza. Se frotó la nariz con la mano, alteradamente. Efectivamente, el coche no iba a volver calle arriba. Nadie le iba a consolar, ni a reparar su jarrón de porcelana.
De la pintura blanca de las paredes y el techo se levantaban bolsas de humedad. Alguna tubería rota. Pero eso ahora no tenía importancia. Las paredes podían desaparecer. El techo, el sofá, los muebles, la puerta de entrada, la mesa… todo eso podía desaparecer. No eran más que menudencias. Lo único importante ahora era la plaza vacía, las flores pisoteadas. El cenicero repleto de colillas. El jarrón hecho añicos.
Sin embargo, la situación quizá no era inmutable.
Claudia se despegó del cristal. Observó distraída el cenicero y se sentó en el sofá. Al sentarse, notó algo debajo. Era un jersey rojo, de cuello vuelto. Lo acercó a su nariz y lo olió atentamente. Desprendía un fuerte aroma. Se levantó con el jersey en la mano. Corrió el cristal de la ventana y lo lanzó lo más lejos que pudo. Ahora la plaza no estaba vacía. Se encendió un cigarro y volvió a sentarse. Miró a su alrededor. El jarrón desparramado encharcaba el suelo. Se acercó a recoger los añicos. Estaban afilados. Tanto que se cortó con uno de ellos. En un ataque de ira lanzó los restos por la ventana, al igual que las flores y el cenicero con las colillas.
M. Arjona
1 comentario
Flipis -
Me gusta tu velocirraptor Marcos.