EL VELOCIRAPTOR
El velociraptor mostró su cabeza empañando de vaho el cristal del ojo de buey.
Fran y yo estábamos en la sala, enfrascados en nuestros respectivos libros y escuchamos en aquél instante el monstruoso jadeo que provenía de sus fauces entreabiertas. Incorporamos la cabeza y dirigimos nuestra mirada al cristal circular de la puerta. Ahí estaba su enorme cabeza, acechándonos con su mirada, observándonos de hito en hito. Su mirada sanguinaria parecía inteligente; no asomaba la duda en sus ojos encharcados en sangre.
El shock incapacitó nuestros cuerpos entumeciéndonos músculos y articulaciones. El corazón, palpitando a tres mil revoluciones. Nuestra respiración era incapaz de marcar el ritmo del pulso.
Tras varios segundos de incredulidad decidimos simultáneamente guardar los libros y mirar para otro lado. Nos encendimos un cigarro apretando fuertemente los labios. Tras la segunda o tercera calada, el peligroso saurio desaparecía de la sala, o quizá de nuestra imaginación demasiado alterada por la lectura.
M. Arjona
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