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Caja de Cerillas

MI VENTANA

Mi ventana es en cierto modo especial. Sentado o apoyado en el alféizar, descansando con mis recuerdos, entran luces deteniendo cada instante y concentrándolos en uno solo; como un collage de retazos o una mirada de conjunto.

Mi ventana es, por otro lado, como otra cualquiera. Objetivamente no tiene ninguna diferencia con las de su especie. Sólo, matices. Los accidentes acompañando una sustancia, la hacen diferente de otras cosas con la misma esencia.

Ésta ventana –con sus marcos de olor a barniz rancio, sus vidrios tapizados de transparencia, sus persianas de casi media centuria…–, tiene un rasgo definidor, por ello es propiamente especial. Y es que, ella, ha sido testigo y compañera. A su lado me he sentado innumerables veces. Los motivos han sido muy diversos. Unas veces, acompañando mis lecturas en verano, ha dejado pasar corrientes de alivio y frescura. Otras, ha sido testigo de mis observaciones, de mis divagaciones, buscando en lo más profundo de mi ser, asentar ideas, trenzarlas con tristezas o con alegres elevaciones del espíritu. Al fin y al cabo, ¿qué es una ventana sino el acceso del hombre a su propia realidad?

Mi ventana no es un ser inanimado, inerte y muerto; tampoco ocupa un espacio físico: está viva en cada átomo que compone las cosas, en los susurros y ruidos de la calle, sus efluvios de cientos de colores… Mi ventana es el rosetón de una catedral, el oculus, el ojo que llora y ríe, el sonido del crepúsculo…

Mi ventana, que reza y maldice, es la misma condición del hombre. Es el hueco carente de materia. Es, en definitiva, el agujero en ese velo imperceptible, que como dice Bergson, impide a los sentidos el goce de la pureza original de las cosas.

M. Arjona

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